Europa puede enseñar los dientes, pero no morder sin rompérselos

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA.
Podcast Module
19/01/2026

Europa puede enseñar los dientes, pero no morder sin rompérselos

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA, nos trae el análisis económico de la semana.
00:00
06:50

19/01/2026

La semana pasada hablábamos de “días en los que pasan décadas” para describir la aceleración histórica en la que estamos inmersos. Hoy conviene dar un paso más y concretar uno de los episodios que mejor ilustran ese cambio de régimen: las nuevas medidas anunciadas por la Administración Trump para penalizar a varios países europeos que han desplegado tropas en Groenlandia.

No estamos ante un gesto improvisado ni ante un exabrupto retórico. Es una decisión coherente con una lógica que se repite: la utilización de la coerción económica como herramienta explícita de presión geopolítica, incluso frente a aliados tradicionales. Groenlandia es el catalizador, pero no el fondo del problema. El mensaje es mucho más amplio: las decisiones soberanas de los Estados europeos pueden tener un coste económico directo si entran en conflicto con los intereses estratégicos de Estados Unidos.

Ante este escenario, la pregunta clave es cómo puede responder Europa. Y aquí aparece el debate sobre el llamado instrumento anti-coerción (ACI, por sus siglas en inglés), diseñado precisamente para responder a medidas comerciales o económicas destinadas a forzar decisiones políticas y que Francia ya ha anunciado que propondrá utilizar. Sobre el papel, es un arma potente. En la práctica, su activación frente a Estados Unidos plantea un dilema de enorme complejidad.

Responder con firmeza tendría un valor político evidente. Enviaría la señal de que la Unión Europea no acepta la normalización de la presión económica como sustituto del diálogo entre aliados. Reforzaría la credibilidad institucional de Bruselas y evitaría sentar un precedente peligroso. Pero esa respuesta no es gratuita. Activar el ACI o escalar el conflicto comercial con Estados Unidos implicaría asumir un daño económico tangible: represalias, disrupciones en cadenas de suministro, impacto en sectores exportadores clave y un deterioro inmediato del clima de inversión. Europa puede hacerlo, pero debe ser consciente del precio que tendrá que pagar si lo hace.

Aquí es donde algunos analistas introducen la comparación con China. Se argumenta que Pekín ha sabido plantar cara a Trump, sostenerle el pulso y, en última instancia, limitar el daño. El problema es que esa analogía no es plenamente aplicable al caso europeo. China juega en otra liga estratégica. Tiene un aparato estatal centralizado que puede redistribuir costes y una capacidad industrial y financiera que le permite responder con contundencia. Europa, en cambio, es una unión de Estados con intereses heterogéneos, sin política fiscal común, sin un mando político único y con dependencias externas muy marcadas, especialmente en seguridad y tecnología. Resistir “como China” no es una opción realista para la Unión Europea.

Esto nos lleva al concepto central que conviene subrayar: Europa se enfrenta a decisiones trágicas en el sentido clásico del término. No hay una opción buena y otra mala. Hay opciones malas y peores, o, si se quiere, opciones con costes distintos. Si Europa responde con dureza, protege su soberanía estratégica a costa de crecimiento y estabilidad económica a corto plazo. Si acepta las presiones y evita la confrontación, preserva la economía en el corto plazo, pero asume una erosión profunda de su autonomía y envía la señal de que la coerción funciona.

Existe una tercera vía, que es, con diferencia, la más probable. Una salida intermedia. Retórica firme, gestos políticos visibles —congelar acuerdos, amenazar con instrumentos legales, elevar el tono diplomático— y, al mismo tiempo, una búsqueda activa de desescalada discreta. Es decir, defender públicamente principios y soberanía mientras, por detrás, se trabaja para evitar que el conflicto se traduzca en medidas económicas que perjudiquen gravemente a ambas partes. Esta vía no resuelve el problema de fondo, pero compra tiempo. Y el tiempo, en política, es un activo valioso.

El riesgo de esta estrategia es evidente: si se convierte en un patrón permanente, acaba vaciando de contenido la disuasión europea. Enseñar los dientes sin morder puede funcionar una vez; repetirlo demasiadas veces convierte la amenaza en ruido. Por eso, la salida intermedia solo es sostenible si Europa utiliza ese tiempo para hacer lo que lleva años posponiendo: construir poder efectivo.

Aquí conviene ser claros. La única forma que tiene Europa de plantear un contrapeso geopolítico serio no es retórica ni normativa. Es material. Autonomía energética real, que reduzca vulnerabilidades externas. Soberanía tecnológica, especialmente en semiconductores, inteligencia artificial, infraestructuras digitales y defensa. Capacidad militar creíble, no como sustituto de alianzas, sino como complemento que permita decidir con mayor libertad. Sin estos mimbres, Europa seguirá dependiendo de terceros para su seguridad, su crecimiento y su estabilidad, y esa dependencia limita cualquier respuesta firme.

Este episodio de Groenlandia no es una anomalía. Es un aviso. El marco geoestratégico global ha cambiado y la coerción económica ha dejado de ser una excepción para convertirse en una herramienta normalizada. Los mercados pueden ignorar estas tensiones mientras la macro aguante, la inflación baje y los bancos centrales se relajen. Pero solo hasta cierto punto. Cuando la política se vuelve estructuralmente inestable, acaba filtrándose a la economía y a los activos.

Europa, por ahora, optará previsiblemente por esa salida intermedia: firmeza declarativa, gestos políticos y negociación silenciosa. Es comprensible. Es racional. Pero no es suficiente a largo plazo. Sin una estrategia clara de construcción de poder, cada nuevo episodio será más costoso que el anterior. Y ese es, probablemente, el mayor riesgo para Europa: no perder una batalla concreta, sino acostumbrarse a no poder ganar ninguna.

Gracias por acompañarnos en este análisis. Nos escuchamos muy pronto, en el próximo episodio.