El riesgo de no invertir
El riesgo de no invertir
13/10/2026
Las ardillas dedican buena parte del otoño a recoger bellotas y otros frutos secos que almacenan cuidadosamente para sobrevivir durante el invierno. Necesitan reservar una parte de los recursos disponibles hoy para utilizarlos cuando la situación de abundancia desaparezca. Es una de las representaciones más intuitivas del ahorro que podemos encontrar en la naturaleza.
Pero imaginemos que una ardilla pudiera elegir entre dos alternativas. La primera consistiría en guardar todas las bellotas que recoge, asegurándose de disponer de provisiones suficientes durante los meses más difíciles. La segunda sería reservar una parte para alimentarse y permitir que otras germinaran, dando lugar a nuevos árboles que, con el tiempo, producirían muchas más bellotas.
La primera estrategia conserva los recursos existentes. La segunda permite crear recursos que todavía no existen. Ésa es la diferencia fundamental entre ahorrar e invertir.
Ahorrar significa renunciar a consumir hoy una parte de nuestra renta para disponer de ella en el futuro. Es una decisión imprescindible para construir seguridad financiera, afrontar imprevistos y financiar proyectos. Pero el ahorro, entendido simplemente como acumulación de dinero, no genera por sí mismo nueva riqueza. Un euro guardado bajo el colchón continúa siendo un euro, aunque su capacidad para adquirir bienes y servicios disminuirá con el paso del tiempo.
Invertir, sin embargo, implica destinar una parte de los recursos disponibles a financiar actividades capaces de generar producción, ingresos y beneficios futuros. Cuando compramos acciones de una compañía participamos en una empresa que utiliza capital, trabajo, tecnología y conocimiento para producir bienes o prestar servicios. Cuando financiamos una infraestructura contribuimos a crear un activo que puede generar ingresos durante décadas.
Naturalmente, invertir supone aceptar incertidumbre. Algunas empresas fracasan, determinados proyectos no alcanzan la rentabilidad prevista y los precios de los activos fluctúan. Igual que no todas las bellotas enterradas terminan convirtiéndose en robles, no todas las inversiones generan los resultados esperados.
Pero existe un riesgo menos evidente que no suele recibir la atención que merece: el de no invertir nunca. Imaginemos un patrimonio de 100.000 euros que permanece durante veinte años sin obtener remuneración. Al finalizar ese periodo, su propietario seguirá teniendo exactamente 100.000 euros. Sin embargo, si los precios hubieran aumentado a una tasa media del 2% anual, necesitaría aproximadamente 148.600 euros para conservar el mismo poder adquisitivo. Sus ahorros habrían perdido alrededor de un tercio de su capacidad de compra. Si la inflación hubiera sido del 3% anual, su pérdida de poder adquisitivo aumentaría hasta cerca del 45%. Lo verdaderamente importante es que esta pérdida de poder adquisitivo no exige que ocurra ninguna crisis ni que tomemos una decisión equivocada: basta con que transcurra el tiempo y la inflación haga su insidioso trabajo.
Ahora imaginemos que esos mismos 100.000 euros se invierten y obtienen una rentabilidad media anual del 5%. Al cabo de veinte años se habrían convertido en aproximadamente 265.300 euros. Descontando una inflación del 2%, su poder adquisitivo equivaldría a unos 178.600 euros actuales.
Por supuesto, el ahorro monetario también puede recibir intereses. Una cuenta remunerada o un depósito pueden ofrecer una rentabilidad positiva y desempeñan una función fundamental en la gestión de la liquidez. Pero esos intereses no eliminan necesariamente el riesgo de pérdida de poder adquisitivo, especialmente cuando la remuneración después de impuestos es inferior a la inflación.
Por eso, la pregunta relevante no debería ser únicamente cuánto dinero queremos conservar, sino qué parte de nuestro patrimonio necesitamos mantener disponible y qué parte podemos destinar a la inversión. No tiene sentido invertir el dinero que necesitaremos dentro de unos meses, pero tampoco parece razonable mantener indefinidamente inmovilizados recursos destinados a financiar nuestra jubilación, el futuro de nuestros hijos o proyectos que se encuentran a varias décadas de distancia.
Nuestra ardilla no puede elegir y consumirá la totalidad de las bellotas recolectadas durante el invierno, pero nosotros sí podemos plantar nuevos robles que ofrecerán más frutos en el futuro. El proceso de crecimiento de los árboles puede ser incierto y generarnos cierta incomodidad, pero sin duda en el largo plazo habrá crecido un número suficiente de robles que producirán más bellotas de las que podíamos recolectar cada año.
En definitiva, la riqueza de una economía no aumenta porque sus ciudadanos acumulen más billetes, sino porque son capaces de producir más bienes y servicios, desarrollar mejores tecnologías y utilizar sus recursos de manera más eficiente.
Gracias por acompañarnos en este análisis. Nos escuchamos muy pronto, en el próximo episodio.