La revancha de la diversificación

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA.
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09/02/2026

La revancha de la diversificación

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA, nos trae el análisis económico de la semana.
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09/02/2026

Durante años, invertir parecía un ejercicio cómodo. Bastaba con identificar la narrativa dominante, subirse a ella y dejar que el mercado hiciera el resto. Tecnología, inteligencia artificial, metales preciosos, bitcoin… cada uno, en su momento, fue presentado como una respuesta sencilla a un mundo complejo. Hoy, esa comodidad se ha roto.

En las últimas semanas hemos asistido a algo poco habitual: el desmantelamiento simultáneo de muchas de las apuestas más consensuadas del mercado. El factor momentum se ha deshecho con violencia. Las empresas de software empresarial, hasta ahora consideradas beneficiarias naturales de la IA, han pasado a ser percibidas como sus víctimas. Los metales preciosos, refugio por excelencia, han sufrido correcciones abruptas. Bitcoin, que aspiraba a consolidarse como alternativa al dinero fiduciario, atraviesa una nueva crisis de identidad. Y todo ello ha ocurrido casi al mismo tiempo.

No ha habido un detonante único. Ha sido más bien un goteo constante de señales que han hecho saltar las costuras de valoraciones muy exigentes y de posicionamientos excesivamente concentrados. Cuando demasiados inversores llegan a la misma conclusión y utilizan los mismos instrumentos, cualquier cambio de percepción se amplifica peligrosamente. En el podcast de la semana pasada ya desarrollábamos esta idea.

La inteligencia artificial está en el centro de esta dinámica. Pero en este caso como fuerza disruptiva real. El caso de Anthropic es ilustrativo: inquieta su capacidad de ejecución, su extraordinaria productividad, sus ciclos de desarrollo extremadamente cortos y productos que ya compiten directamente con modelos de negocio establecidos. La disrupción ha dejado de ser una promesa futura para convertirse en una amenaza presente.

Al mismo tiempo, los gigantes tecnológicos anuncian inversiones de una magnitud histórica. Más de seiscientos cincuenta mil millones de dólares en un solo año sólo entre cuatro integrantes del grupo de los “Siete Magníficos”. Para ponerlo en perspectiva, estamos hablando del PIB de países como Bélgica, Noruega o economías emergentes de más de 100 millones de habitantes como Vietnam. Estas cifras ya no se interpretan únicamente como apuesta por el crecimiento, sino también como riesgo de mala asignación de capital. El mercado empieza a preguntarse no solo quién ganará esta carrera, sino cuántos no llegarán a la meta.

Incluso en el plano político aparecen límites inesperados. Desde extremos ideológicos opuestos, figuras como Bernie Sanders o Ron DeSantis coinciden en una idea: el despliegue masivo de centros de datos tiene costes energéticos, sociales y medioambientales que ya no pueden ignorarse. Cuando la resistencia llega por ambos lados del espectro, es señal de que algo estructural está cambiando.

En este contexto, se produce una rotación silenciosa pero profunda. El capital se desplaza hacia sectores considerados aburridos, defensivos o poco atractivos hace apenas un año. Empresas sin relato épico, sin promesas de disrupción, pero con flujos de caja visibles, balances sólidos y menor dependencia de narrativas cambiantes.

Todo esto refuerza una lección fundamental: en un mundo donde las historias se desgastan cada vez más rápido, la diversificación deja de ser una consigna académica para convertirse en una necesidad práctica. No diversificar por inercia, sino diversificar por convicción. Por estilos, por geografías, por fuentes de riesgo y, sobre todo, por narrativas.

Más que subirse al carro de las historias a priori más atractivas de forma acrítica: defensa, semiconductores, generación y distribución de energía, industria o infraestructura, conviene pararse a reflexionar sobre lo que no está de moda, sobre lo que podría ir mal y sobre las derivadas imprevistas que puede generar una disrupción tecnológica tan extrema como la que estamos viviendo. Preparar la cartera para que resista todos los escenarios es indicativo de una profunda sabiduría inversora. La apuesta decidida por la gestión de riesgos es una filosofía que, aunque no siempre brille en el corto plazo, es la única garantía real de supervivencia a largo.

No estamos ante el fin de la tecnología, ni de la inteligencia artificial, ni de bitcoin. Estamos ante el fin de las certezas fáciles. Y en ese nuevo escenario, la humildad intelectual y la completa diversificación real de nuestras carteras vuelven a ser las verdaderas ventajas competitivas.