La historia de Barbara
La historia de Barbara
28/09/2026
En 1994, los inversores en renta fija atravesaron una experiencia que guarda algunas similitudes interesantes con la situación actual. La Reserva Federal, presidida entonces por Alan Greenspan, inició en febrero un ciclo de endurecimiento monetario mucho más intenso de lo que esperaba el mercado. En apenas doce meses, los tipos oficiales pasaron del 3% al 6%, las rentabilidades de los bonos se dispararon y sus precios sufrieron una corrección tan severa que aquel episodio terminó siendo conocido como la “gran masacre de los bonos”.
En noviembre de ese año, Los Angeles Times entrevistó a varios inversores que intentaban decidir qué hacer después de meses de pérdidas. Entre ellos estaba Barbara Healy, una jubilada de Los Ángeles que había invertido parte de sus ahorros en renta fija buscando estabilidad. Después de soportar durante prácticamente todo el año la caída de sus bonos, reconocía que estaba pensando en asumir definitivamente las pérdidas y trasladar el dinero a depósitos bancarios o fondos monetarios.
Su reacción era perfectamente comprensible. Después de tantos meses viendo caer una inversión que supuestamente debía proporcionar tranquilidad, un depósito ofrecía algo extraordinariamente valioso: certidumbre. Una rentabilidad conocida, una fecha determinada y, sobre todo, la desaparición de las pérdidas diarias en el precio de sus inversiones.
Cuando Barbara contemplaba abandonar sus bonos, la deuda pública estadounidense a cinco años ofrecía rentabilidades próximas al 8%. El mercado acababa de atravesar uno de los ajustes más violentos de las últimas décadas y la Reserva Federal estaba mucho más cerca del final de su ciclo de subidas que del principio. Naturalmente, nadie podía saberlo entonces. El flujo de noticias continuaba siendo adverso y nada garantizaba que los bonos no fueran a seguir cayendo.
Pero pocos meses después el escenario comenzó a cambiar. La Fed realizó su última subida a comienzos de 1995 y posteriormente la actividad económica empezó a moderarse. Las rentabilidades de mercado comenzaron a descender y, como consecuencia, los precios de los bonos se recuperaron con fuerza. En julio, la Reserva Federal ya estaba bajando los tipos.
La ironía es que para entonces muchos inversores se enfrentaban al problema exactamente contrario. Después de haber vendido para protegerse de nuevas pérdidas, contemplaban desde fuera cómo se recuperaban los bonos que habían abandonado. A finales de mayo de 1995, los bonos del Tesoro estadounidense de largo plazo habían recuperado con creces el daño sufrido durante 1994.
La historia de Barbara nos enseña que tomar decisiones financieras bajo la presión bajista del mercado no suele terminar bien. Trasladarse a un depósito después de una fuerte caída de los bonos implica también tomar varias decisiones simultáneamente. Se materializa la pérdida acumulada, se abandona precisamente cuando las rentabilidades que ofrece la renta fija son mayores y se renuncia a participar en una eventual recuperación del precio si los tipos de mercado se estabilizan o descienden. La ganancia emocional que obtenemos al separarnos de la volatilidad puede no compensar el daño financiero que causamos a nuestro patrimonio.
Existe además una característica de la renta fija que a veces queda oscurecida cuando observamos diariamente su precio. Un bono de calidad tiene una fecha de vencimiento. En ausencia de un problema de solvencia, y siempre que el inversor pueda mantenerlo hasta entonces, las oscilaciones de su precio durante el camino no implican una pérdida permanente de capital. Cuando llegue el vencimiento del bono, el inversor recuperará su dinero y habrá cobrado los cupones correspondientes.
Por eso, después de una corrección importante, debemos hacernos la siguiente pregunta ¿necesito vender el bono o el fondo de inversión? En muchos casos, la respuesta será negativa. Si no han cambiado nuestras necesidades de liquidez o nuestro horizonte temporal y lo único que ha cambiado es que ahora vemos una pérdida donde antes veíamos estabilidad, conviene pararse a reflexionar si no estaremos tomando una decisión permanente para aliviar una incomodidad emocional temporal.
En noviembre de 1994 nadie podía decirle a Barbara Healy que el peor momento había quedado atrás y que estaba a punto de comenzar uno de los mercados alcistas de bonos más largos y poderosos de la historia, una tendencia que, con interrupciones, se prolongaría durante más de un cuarto de siglo. Tampoco hoy podemos saber dónde estará exactamente el máximo de las rentabilidades de los bonos. Pero la historia de los mercados sí permite extraer una conclusión más útil: precisamente los momentos en los que emocionalmente resulta más difícil mantener una inversión suelen ser también los que marcan las oportunidades de compra más interesantes vistas en retrospectiva.
Gracias por acompañarnos en este análisis. Nos escuchamos muy pronto, en el próximo episodio.