¿Qué es realmente el riesgo?
¿Qué es realmente el riesgo?
21/09/2026
En mercados financieros solemos identificar riesgo con volatilidad. Si el precio de un activo oscila con mayor intensidad, decimos que se ha vuelto más arriesgado. De hecho, la volatilidad desempeña un papel fundamental en las métricas regulatorias utilizadas para clasificar el riesgo de los fondos de inversión que se ofrecen al público.
Pero ¿es realmente así?Imaginemos dos inversores que compran un mismo bono del Tesoro estadounidense a diez años. Uno necesitará recuperar su dinero dentro de seis meses. El otro pretende mantener la inversión durante muchos años y utiliza ese bono para generar un flujo predecible de rentas.
Para el primero, una subida brusca de las rentabilidades, como la que estamos experimentando en estos momentos, puede representar un problema importante: cuando necesite vender, podría tener que hacerlo a un precio inferior al que pagó por el bono.
Para el segundo, la misma caída de precio puede tener una relevancia mucho menor. De hecho, podría resultarle incluso atractiva. Este inversor mantendrá el bono, seguirá cobrando sus cupones y recibirá el principal a vencimiento, pero podrá beneficiarse de reinvertir los cupones a tipos más elevados.
El activo es exactamente el mismo. Lo que ha cambiado es el horizonte y el objetivo del inversor. Esta es una distinción fundamental porque volatilidad y riesgo no son necesariamente lo mismo.
La volatilidad mide cuánto fluctúa el precio de un activo. El riesgo verdaderamente relevante para un inversor es, en última instancia, la posibilidad de que su patrimonio no le permita cumplir sus objetivos futuros.
Vamos a verlo con otro ejemplo: un depósito o un fondo de inversión monetario puede presentar una volatilidad prácticamente nula y, sin embargo, ser una inversión muy arriesgada para un joven de 30 años que pretende financiar su jubilación.
Por el contrario, una cartera de acciones puede experimentar importantes fluctuaciones durante ese mismo período, pero ofrecer una probabilidad mucho mayor de generar el crecimiento real necesario para alcanzar ese objetivo.
Por el mismo motivo, un bono a largo plazo puede ser arriesgado para quien necesita disponer del dinero el próximo año, pero resultar mucho más adecuado para un inversor que tiene un objetivo financiero igualmente lejano en el tiempo.
Durante los últimos meses hemos asistido a un ajuste extraordinariamente intenso de la renta fija. La subida de la inflación y el cambio en las expectativas de tipos de los bancos centrales han provocado fuertes caídas en los precios de los bonos.
Desde una perspectiva de corto plazo, indudablemente ha habido volatilidad y algunos inversores se han inquietado al ver los valores liquidativos de sus fondos cayendo mes tras mes. Pero estos inversores deberían hacerse otra pregunta: ¿ha aumentado realmente el riesgo de no alcanzar mis objetivos o, después del ajuste, ha mejorado la rentabilidad esperada de mi cartera? Para quien dispone de un horizonte suficientemente largo, la respuesta está mucho más cerca de lo segundo: las caídas de precios han venido acompañadas de rentabilidades considerablemente superiores, mejorando el potencial de retorno futuro de la renta fija.
En definitiva, el riesgo emerge cuando utilizamos un activo financiero que no está alineado con nuestras necesidades, objetivos y horizonte de inversión. El efectivo puede ser adecuado para pagar una vivienda dentro de seis meses. Los bonos pueden ser apropiados para cubrir determinadas necesidades futuras. La renta variable puede resultar imprescindible para generar crecimiento real durante varias décadas.
Por eso una cartera no debería construirse intentando eliminar cualquier fluctuación de precios. Debería construirse preguntándonos qué riesgos podemos asumir y, sobre todo, qué riesgos no podemos permitirnos asumir. Un inversor joven puede permitirse que su cartera caiga un 20 % durante un año, pero no mantener durante décadas una exposición demasiado conservadora y no acumular suficiente patrimonio.
No queremos decir con esto que la volatilidad no importe. Importa. Pero importa porque puede interferir con nuestros objetivos, no porque cada movimiento de mercado constituya por sí mismo una pérdida económica permanente.
En momentos como el actual, esta distinción resulta especialmente relevante. Las fuertes oscilaciones de bonos y bolsas pueden hacernos sentir que el mundo se ha vuelto mucho más arriesgado, pero para el inversor que dispone de tiempo, liquidez y una cartera correctamente diversificada, una caída de precios no tiene necesariamente que representar un aumento del riesgo. Puede representar exactamente lo contrario: una oportunidad.
Gracias por acompañarnos en este análisis. Nos escuchamos muy pronto, en el próximo episodio.