El picante, en su justa medida
18/05/2026
Durante las últimas semanas, los mercados financieros han convivido con una situación bastante peculiar. Por un lado, teníamos una guerra abierta en Oriente Medio, el estrecho de Ormuz bloqueado y el petróleo claramente por encima de los 100 dólares por barril. Por otro, las bolsas seguían marcando máximos históricos, especialmente en Estados Unidos, como si todo eso fuera simplemente ruido temporal sin capacidad real para alterar el escenario macroeconómico.
Sin embargo, los datos de inflación de abril en Estados Unidos actuaron como una llamada de atención bastante seria para los inversores. Tanto el IPC como los precios de producción sorprendieron al alza y confirmaron que ya no estamos hablando sólo de gasolina o petróleo. Empiezan a aparecer tensiones en transporte, logística, manufacturas, precios industriales e incluso determinados segmentos de servicios.
Los mercados de bonos reaccionaron rápidamente. Las rentabilidades de la deuda soberana repuntaron con fuerza tanto en Estados Unidos como en Europa y Japón. El bono americano a diez años volvió a acercarse peligrosamente al 4,6%, Alemania superó el 3,1% y Reino Unido entró directamente en niveles de rentabilidad que no se veían desde 1998.
Finalmente, las bolsas empezaron a mostrar algo más de nerviosismo, ya que mientras el petróleo alto se percibía como un problema temporal, la renta variable podía seguir apoyándose en la resistencia económica, los beneficios empresariales y la narrativa de inteligencia artificial. Pero cuando los tipos largos empiezan a subir de forma sostenida, los inversores se ven obligados a replantearse las elevadas valoraciones de los mercados bursátiles en un entorno de inflación persistente y bancos centrales más restrictivos.
Dicho esto, seguimos pensando que todavía existen argumentos sólidos para mantener una exposición táctica constructiva hacia los activos de riesgo. En efecto, el escenario central sigue siendo el de una normalización gradual de la situación geopolítica. El mercado no está descontando un cierre permanente de Ormuz ni una ruptura estructural de las cadenas energéticas globales. Si esa normalización acaba produciéndose durante las próximas semanas o meses, buena parte de las tensiones actuales sobre inflación y bonos podrían aliviarse relativamente rápido.
Por otra parte, la economía global continúa mostrando una capacidad de resistencia notable. El consumidor estadounidense sigue aguantando mucho mejor de lo esperado, los beneficios empresariales continúan siendo sólidos y el ciclo de inversión asociado a la inteligencia artificial, electrificación, defensa y soberanía industrial sigue desplegándose con enorme intensidad.
Y precisamente aquí aparece el segundo gran tema de hoy: existe en estos momentos un grado creciente de exuberancia en determinados nichos de mercado que están recibiendo enormes cantidades de flujo inversor minorista, especialmente en la industria de memorias y en el mercado de Corea del Sur. Durante las distintas etapas de la gira de Banca Privada de 2026, estoy comprobando personalmente el enorme apetito que existe por estas temáticas.
Merece la pena hacer una reflexión sobre esto: la tesis de las memorias es perfectamente razonable. Existe un cuello de botella real en la cadena de valor de la IA. La demanda de capacidad computacional y memoria avanzada probablemente seguirá creciendo durante años. Los fundamentales son sólidos y es muy posible que los beneficios que presenten estas empresas continúen validando esa narrativa durante bastante tiempo.
Sin embargo, deberíamos considerar estos productos temáticos como el picante en la cocina. En su justa medida, el picante mejora muchos platos, pero en exceso puede arruinarlos completamente.
Porque cuando todo el mundo corre hacia el mismo rincón del mercado, las valoraciones se disparan, las expectativas se vuelven imposibles de satisfacer y cualquier pequeña grieta en la narrativa provoca correcciones violentas. Pasó con internet, pasó con las renovables, pasó con el metaverso y probablemente acabará ocurriendo también en determinados segmentos de la inteligencia artificial.
En definitiva, mantener exposición a inteligencia artificial, semiconductores o memorias avanzadas tiene sentido estructural. Pero convertir toda una cartera en una apuesta hiperespecializada sobre los rincones más saturados del mercado puede terminar destruyendo capital cuando aparezcan inevitables episodios de volatilidad.
La clave no es eliminar el picante, sino usarlo con equilibrio, en combinación con otros ingredientes y sin olvidar nunca que una cartera robusta necesita diversificación, resiliencia y capacidad para sobrevivir cuando cambian las narrativas del mercado.