Análisis especial sobre la escalada en Oriente Medio y sus implicaciones para los mercados financieros

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA.
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02/03/2026

Escalada en Oriente Medio: riesgos energéticos y escenarios de mercado

Análisis especial sobre la escalada en Oriente Medio y sus implicaciones para los mercados financieros.
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“En la guerra, todo es simple, pero lo más simple es difícil.”
— Carl von Clausewitz.

La escalada del conflicto en Oriente Medio tras los ataques coordinados de EE.UU. e Israel contra Irán, incluida la eliminación de la cúpula del régimen, supone un impacto geopolítico de primer orden que condicionará el comportamiento de los mercados en el corto plazo. La cuestión clave no es si habrá volatilidad —que la habrá— sino si este episodio se quedará en una prima de riesgo transitoria o si derivará en una disrupción energética prolongada capaz de alterar de forma significativa el escenario macro global de crecimiento e inflación.

Nuestro escenario base contempla un conflicto intenso pero relativamente corto, con un impacto significativo aunque transitorio en los precios del petróleo. La hipótesis central es que, pese a la violencia inicial y la amplitud de los objetivos militares, la dinámica tenderá a estabilizarse en un horizonte de días o pocas semanas. El petróleo podría repuntar de forma notable por la incorporación de una prima de riesgo geopolítica, pero sin interrupción sostenida del tránsito por el estrecho de Ormuz ni daños estructurales relevantes en las principales infraestructuras energéticas del Golfo. En ese contexto, la volatilidad en activos de riesgo se concentraría en el arranque de la semana y en las primeras sesiones, con rotaciones sectoriales típicas —energía y defensa como ganadores relativos, transporte y consumo discrecional bajo presión— y una normalización gradual si la escalada no cruza umbrales energéticos críticos.

La base de esta expectativa radica en la degradación de las capacidades militares iraníes en los primeros compases del conflicto, especialmente en mando, control y defensas aéreas, lo que reduce el margen operativo para sostener una campaña prolongada frente a la asimetría militar existente. A ello se suma la fragilidad económica interna del país, que limita su capacidad para financiar y sostener una guerra extendida en el tiempo.

Además, los incentivos de contención para terceros actores son poderosos: los países del Golfo necesitan estabilidad para preservar su posición económica y energética, y el coste político de un petróleo disparado sería elevado tanto para Washington como para sus aliados occidentales. Por otra parte, una disrupción sostenida del estrecho de Ormuz no solo afectaría a Occidente, sino también a China, altamente dependiente de esos flujos energéticos. Ese hecho introduce un elemento adicional de presión diplomática hacia la contención del conflicto, dado que China tiene capacidad diplomática y canales abiertos con Irán.

No obstante, no podemos descartar un escenario adverso en el que la disrupción sea parcial pero prolongada. En este caso, no sería necesario un cierre formal del estrecho de Ormuz para generar consecuencias macro relevantes. Bastaría con ataques selectivos, amenazas creíbles o incidentes con buques para que aseguradoras y navieras reduzcan tránsito y eleven primas, encareciendo el transporte y restringiendo el flujo efectivo de crudo.

El resultado sería un petróleo en niveles elevados durante más tiempo, con impacto negativo sobre el crecimiento y presión adicional sobre la inflación, especialmente en economías importadoras netas de energía. El canal de contagio a la economía es claro. Un encarecimiento sostenido del crudo reduce la renta disponible de los hogares y reintroduce presión inflacionista en un momento en que los bancos centrales intentaban consolidar la desinflación.

Existe también un escenario de cola, en el que Irán intentara elevar el coste del conflicto atacando instalaciones petrolíferas estratégicas en Arabia Saudí, Emiratos o Bahréin, o bloqueando de forma más eficiente el tránsito marítimo por Ormuz. En este supuesto, el petróleo podría superar claramente los 110 o 120 dólares por barril y el impacto adquiriría rasgos estanflacionarios más evidentes, con ampliación significativa de diferenciales de crédito, endurecimiento de condiciones financieras y correcciones más profundas en renta variable. El elemento crítico aquí no sería tanto el nivel máximo alcanzado por el crudo, sino la duración de la disrupción, ya que un periodo prolongado de restricción energética cambia el perfil del ciclo.

En la apertura del lunes, la reacción inicial de los mercados ha sido significativa pero ordenada. El petróleo ha incorporado una prima de riesgo relevante, mientras que la renta variable global ha corregido de forma contenida y los activos refugio han actuado como amortiguadores. Esta respuesta sugiere que, por el momento, los inversores descuentan un escenario de tensión elevada pero no un shock energético estructural.

En nuestro escenario central no modificamos el posicionamiento constructivo en activos de riesgo, ya que no prevemos un deterioro grave del ciclo económico global. No obstante, mantenemos una postura de vigilancia estricta. La naturaleza del conflicto actual es distinta a la de 2025 y los riesgos son, por tanto, mayores. A diferencia de entonces, los objetivos han alcanzado el núcleo político y militar del régimen, lo que incrementa la probabilidad de respuestas menos calibradas si las autoridades iraníes perciben una amenaza existencial. Seguiremos de cerca la evolución operativa en el Golfo, el tránsito efectivo por Ormuz, las primas de seguro marítimo y cualquier señal de ataques a infraestructuras energéticas críticas. Si los acontecimientos apuntan a una disrupción prolongada o a una escalada regional más amplia, ajustaremos la exposición con decisión.

CIO Alto Valor