"Cuando todos se mueven al mismo lado del barco"
Cuando todos se mueven al mismo lado del barco
02/02/2026
En la sesión del pasado viernes se produjo una liquidación abrupta y masiva en el mercado de materias primas. El movimiento fue visible en todo el complejo de metales industriales, pero resultó especialmente virulento en el ámbito de los metales preciosos. El oro sufrió su mayor desplome diario en más de una década y la plata vivió un colapso sin precedentes en su historia, con caídas concentradas en apenas unas horas y en condiciones de liquidez claramente deterioradas. No fue un ajuste ordenado: fue una desbandada.
Lo ocurrido el viernes fue la manifestación visible de una dinámica que se había ido acumulando durante meses bajo la superficie del mercado: posicionamientos extremadamente concentrados, narrativas dominantes aceptadas sin apenas discusión y una confianza excesiva en que ciertos activos solo podían moverse en una dirección.
Los mercados financieros funcionan razonablemente bien cuando el desacuerdo es amplio y los flujos están equilibrados. Cuando hay compradores y vendedores repartidos a ambos lados, los precios pueden absorber noticias adversas, sorpresas macro o cambios de expectativas sin dislocaciones graves. Sin embargo, cuando el consenso se vuelve casi absoluto, la estabilidad es solo aparente. El mercado parece tranquilo, pero se vuelve frágil. Basta una sorpresa para provocar movimientos violentos.
En los últimos meses, ese consenso se había articulado en torno a dos grandes narrativas estrechamente relacionadas. La primera era la apuesta sistemática contra el dólar. La imprevisibilidad política de la administración Trump, el ruido institucional, el debate sobre el déficit fiscal y la creciente diversificación de reservas por parte de bancos centrales e inversores internacionales, habían alimentado la convicción de que el billete verde estaba condenado a una depreciación prolongada. La segunda narrativa era la inversión en metales preciosos, especialmente en oro y plata, como expresión del llamado debasement trade: protección frente a una eventual relajación agresiva de la política monetaria, pérdida de valor del dinero fiduciario e inestabilidad geopolítica global.
Ambas narrativas parecen atractivas y razonables, pero cuando demasiados inversores llegan a la misma conclusión, utilizan los mismos instrumentos y construyen carteras muy similares, el riesgo está en que pase algo que lleve la contraria al discurso dominante.
La metáfora es sencilla. Cuando los pasajeros de un barco se distribuyen de forma equilibrada entre babor y estribor, la embarcación puede afrontar el oleaje con cierta solvencia. Puede escorar, balancearse e incluso sufrir momentos incómodos, pero mantiene la estabilidad. En cambio, si toda la tripulación se desplaza al mismo lado, cualquier ola que llegue en sentido contrario puede provocar un vuelco.
Esa ola tuvo nombre propio: Kevin Warsh.
El anuncio del nuevo candidato a presidir la Reserva Federal sorprendió profundamente al mercado. Lejos de encajar con el perfil que se daba por descontado, las convicciones expresadas por Warsh y su historial como gobernador de la Fed apuntan a una figura claramente más restrictiva de lo esperado. Si es una paloma disfrazada de halcón o un halcón pragmático, todavía es pronto para saberlo. Pero lo verdaderamente relevante no es lo que Warsh vaya a hacer, sino lo que el mercado creía saber con certeza.
Durante semanas se había asumido como un hecho que la administración Trump optaría por un presidente de la Fed claramente inclinado a forzar recortes rápidos y profundos de tipos. Esa certeza estaba plenamente incorporada a los precios. El mercado no estaba preparado para una sorpresa en sentido contrario. Y cuando esa sorpresa se materializó, la reacción fue inmediata y violenta.
El dólar se apreció con fuerza frente al resto de divisas, con un movimiento superior al 2% desde los mínimos marcados el pasado miércoles. Al mismo tiempo, los activos que teóricamente deberían beneficiarse de un entorno de recortes de tipos sufrieron ventas masivas. No porque su tesis estructural hubiera desaparecido de la noche a la mañana, sino porque había demasiada gente posicionada en el mismo lado y muy poca liquidez para absorber el giro.
Nada de esto invalida las grandes preguntas de fondo sobre el dólar, el oro, la geopolítica o la sostenibilidad fiscal. Pero sí obliga a recordar algo fundamental: los mercados no premian la convicción ciega. Las narrativas pueden ser atractivas, coherentes y hasta intelectualmente satisfactorias, pero cuando se transforman en certezas compartidas dejan de ser una ventaja y se convierten en una amenaza.
La moraleja es clara. En un mundo complejo, fragmentado y sujeto a cambios abruptos, la humildad intelectual es una virtud imprescindible. Reconocer que podemos estar equivocados, que los escenarios no se desarrollan de forma lineal y que el mercado siempre puede sorprendernos es el primer paso para proteger el capital. El segundo es la diversificación real, no solo por clases de activo, sino por narrativas, fuentes de riesgo y horizontes temporales.
Cuando todos se mueven al mismo lado del barco, el problema no es la ola que llega. El problema es haber olvidado que podía llegar.