Días en los que pasan décadas

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA.
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12/01/2026

Días en los que pasan décadas

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA, nos trae el análisis económico de la semana.
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12/01/2026

Hay una frase atribuida a Lenin que vuelve con fuerza en momentos como este: hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. El arranque de 2026 encaja de forma inquietantemente precisa en esa definición. En apenas unos días se han acumulado decisiones políticas, movimientos geopolíticos e intervenciones económicas que, en otro tiempo, habrían requerido meses o incluso años para desplegarse. Y lo más relevante no es solo la cantidad de acontecimientos, sino su coherencia y lo que revelan sobre el mundo en el que ya estamos operando.

La sensación dominante es la de una aceleración histórica. Estados Unidos ha intervenido directamente en Venezuela, ha capturado a Nicolás Maduro, ha presionado a grandes petroleras para invertir en activos estratégicos, ha interceptado petroleros rusos escoltados por unidades militares enviadas por el Kremlin y ha amenazado con extender su control sobre territorios clave como Groenlandia. Al mismo tiempo, el Ejecutivo estadounidense ha ordenado compras masivas de bonos hipotecarios a las grandes agencias hipotecarias estatales, ha planteado límites administrativos a los tipos de interés de las tarjetas de crédito y ha intervenido de forma explícita en el mercado de la vivienda. Todo esto ocurre sin una crisis financiera de por medio, sin pánicos de liquidez y sin recesión declarada.

Este punto es clave. No estamos ante decisiones defensivas tomadas bajo la presión de los mercados, como en 2008 o 2020. Estamos ante un uso deliberado del poder político para fijar precios, dirigir flujos de capital y asegurar el control de activos reales. Resulta difícil exagerar la trascendencia de que este giro se produzca en Estados Unidos. No estamos hablando de una economía periférica ni de un sistema acostumbrado a la intervención directa del Estado, sino del país que durante generaciones ha sido el principal garante de un orden económico basado en la primacía del mercado. Que sea ahora Washington quien fije tipos de interés, dirija flujos de capital y condicione decisiones empresariales señala un cambio de régimen de alcance global.

Mientras tanto, el frente geopolítico sigue tensionándose. Las fricciones entre China y Japón se intensifican, Irán vive protestas masivas que reabren escenarios de inestabilidad regional y el comercio internacional se reconfigura en torno a bloques, no a reglas multilaterales. La lógica dominante ya no es la eficiencia, sino la seguridad económica: quién controla la energía, los metales críticos, la infraestructura tecnológica y, cada vez más, la capacidad de cómputo vinculada a la inteligencia artificial.

Y, sin embargo, las bolsas suben. Europa marca máximos históricos, Japón registra el mejor arranque de año desde 1990 y Estados Unidos muestra un mercado sorprendentemente amplio, con rotación hacia sectores cíclicos y ligados a la economía real. Esta aparente paradoja desconcierta a muchos inversores: ¿cómo es posible que los mercados reaccionen con tanta calma cuando el orden geopolítico posterior a la Segunda Guerra Mundial parece estar desmoronándose ante nuestros ojos?

La respuesta tiene que ver con la macroeconomía. Lejos de generar tensión en los inversores, la operación de Estados Unidos en Venezuela ha permitido a los mercados descontar unos precios futuros del petróleo más contenidos, gracias a la previsible recuperación gradual de la oferta de crudo venezolana. Este escenario ayudaría a mantener la inflación bajo control, máxime cuando ya estamos percibiendo presiones salariales moderándose y cadenas de precios más normalizadas. Mientras tanto, la actividad económica sigue siendo robusta, especialmente gracias a un aumento tangible de la productividad, cada vez más vinculado a la adopción real de la inteligencia artificial en empresas de múltiples sectores.

A este telón de fondo se suma una capa adicional de estímulo fiscal, visible tanto en Estados Unidos como en Europa y Asia, a través de mayores presupuestos en infraestructuras, defensa, transición energética e incentivos a la inversión productiva, que actúa como ancla del crecimiento. Todo ello se traduce en resultados empresariales sólidos, márgenes sostenidos por mayor eficiencia, y bancos centrales que, sin ser abiertamente expansivos, reducen de forma ordenada y persistente el grado de restricción monetaria. Si este equilibrio se mantiene, la fortaleza de los mercados no sería una anomalía, sino la anticipación de un régimen de crecimiento más estable, con mayor productividad y menor inflación.

En todo caso, volviendo a la frase de Lenin, estas no son semanas normales. Son semanas en las que se están reescribiendo reglas implícitas que han gobernado la economía global durante décadas. El error más peligroso en este contexto no es la volatilidad ni siquiera una corrección puntual de los mercados. El verdadero riesgo es analizar el presente con las categorías del pasado: asumir que la política volverá a un segundo plano, que los precios se formarán siempre en mercados libres de intervención o que la geopolítica será un simple ruido transitorio.

El mundo no se ha vuelto ingobernable, pero se gobierna de otra manera. Para el inversor —y para cualquiera que intente entender lo que está pasando— el reto es comprender el nuevo marco geopolítico, menos gobernado por normas comunes y más centrado en decisiones unilaterales y en una lógica transaccional en la que Estados Unidos intentará por todos los medios asegurar sus cadenas de suministro, al tiempo que intenta limitar los avances de sus principales rivales geoestratégicos, en particular China.