Un informe apocalíptico siembra el pánico

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA.
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01/03/2026

Un informe apocalíptico siembra el pánico

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA, nos trae el análisis económico de la semana.
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01/03/2026

En los últimos días, uno de los documentos que más impacto generó en los mercados fue un informe de Citrini Research que planteaba una hipótesis inquietante. No fue un informe convencional. No presentó probabilidades ni escenarios alternativos. Fue redactado desde el futuro, como si estuviéramos en 2028 mirando hacia atrás, reconstruyendo cómo la inteligencia artificial desencadenó una crisis económica profunda.

Su tesis central es simple: la IA podría sustituir trabajo cualificado a gran escala sin que el PIB dejara de crecer. Es decir, una economía donde la producción aumenta, pero la masa salarial se comprime. A eso lo llamó “PIB fantasma”: crecimiento que aparece en las cuentas nacionales, pero que no se traduce en ingresos circulando entre los hogares.

El argumento se apoya en una potencial sustitución acelerada del trabajo humano. Si las empresas pueden reemplazar funciones cognitivas —análisis, programación, intermediación financiera, asesoramiento— con IA a costes decrecientes, la participación salarial podría caer sin que la producción agregada se resienta. El informe describe un escenario con desempleo por encima del 10% en Estados Unidos y una crisis de consumo privado.

Además, Citrini introduce un segundo canal: la erosión de modelos de negocio basados en fricción. Si la IA elimina costes de búsqueda, comparación y ejecución, los márgenes empresariales podrían comprimirse estructuralmente. Y si esa dinámica se combina con automatización acelerada, el sistema entraría en un bucle donde la eficiencia a nivel empresarial convive con fragilidad macroeconómica.

Ahora bien, el hecho de que un escenario sea internamente consistente no implica que sea probable. Y aquí es donde entran dos contraargumentos relevantes: uno macroeconómico y otro empírico.

El primero parte de una idea fundamental: las identidades contables no permiten un “PIB fantasma”. Si el PIB crece, por definición alguien está recibiendo renta. Y esa renta debe transformarse en consumo, inversión, gasto público o exportaciones netas. Un escenario donde la producción aumenta mientras la demanda colapsa viola las identidades básicas de ingreso y gasto. Para que la narrativa de Citrini se materialice sería necesario asumir no solo una sustitución laboral masiva, sino también la ausencia total de inversión compensatoria, redistribución fiscal o expansión del capital productivo. Es un supuesto mucho más exigente de lo que parece.

El segundo contraargumento proviene del análisis de la velocidad de difusión. La narrativa apocalíptica presupone adopción exponencial. Pero los datos no lo muestran. La encuesta de la Reserva Federal de San Luis sobre uso de IA indica que la intensidad diaria de uso en el trabajo permanece relativamente estable. La adopción tecnológica históricamente sigue una curva en forma de “S”: lenta al principio, acelerada en la fase intermedia y, finalmente, saturación. Tecnología recursiva no implica adopción recursiva.

Además, existen límites físicos y económicos. La automatización masiva de trabajo cualificado requeriría órdenes de magnitud adicionales de capacidad de cómputo, centros de datos y energía. Si la demanda de cómputo se dispara, su coste marginal aumenta. Y si el coste marginal de cómputo supera el coste marginal del trabajo humano para determinadas tareas, la sustitución simplemente no ocurre. Ese es el límite económico natural que muchas narrativas ignoran.

También es necesario recordar un factor esencial: los grandes avances de productividad son choques de oferta positivos, es decir, equivalentes a una bajada masiva de impuestos. Reducen costes, expanden la producción potencial y aumentan el ingreso real. La historia muestra que las revoluciones tecnológicas tienden a reconfigurar tareas, no a eliminar permanentemente la demanda agregada. El propio Keynes anticipó una semana laboral de 15 horas en 1930. No ocurrió. Lo que ocurrió fue expansión del consumo y creación de nuevas industrias.

El mercado laboral actual tampoco respalda, por ahora, una narrativa de destrucción inminente en Estados Unidos. El desempleo sigue en el entorno del 4%, la inversión en centros de datos está impulsando contratación en construcción y las ofertas de empleo para ingenieros de software crecen en términos interanuales, a pesar de los riesgos que presenta el sector de convertirse en una víctima de la adopción masiva de inteligencia artificial. La evidencia empírica no muestra un punto de inflexión disruptivo.

En definitiva, el informe de Citrini tuvo impacto porque planteó un escenario coherente y emocionalmente potente. Obliga a pensar. Pero entre coherencia teórica y probabilidad empírica hay una distancia importante. Para que su desenlace se materialice tendrían que alinearse múltiples condiciones simultáneamente: adopción acelerada, elasticidad de sustitución extrema, ausencia de respuesta fiscal, inversión insuficiente y escalabilidad ilimitada del cómputo.

El debate es legítimo. Pero, de momento, los datos invitan más a prudencia analítica que a fatalismo estructural.