Álvaro Bilbao

Neuropsicólogo 

"Para sacar el máximo potencial de los niños es fundamental ayudarles a sentirse seguros"

Puedes ver el vídeo completo aquí.

Sabemos que el cerebro de los niños, y el de los adultos, tiene distintos componentes que registran información a distintos niveles de procesamiento. Hay una parte que sería el cerebro primitivo, que busca la supervivencia del niño y es la parte del cerebro que dice al niño que tiene hambre, que tiene sueño, que se tiene que defender de algún estímulo o protegerse cuando está solo. Es la parte del cerebro que nos ayuda a sobrevivir y con la que funcionan los niños cuando son bebés. En ese sentido es muy importante ayudar a los niños pequeños a sentirse seguros, a sentir que, cuando tienen miedo, nosotros vamos a responder pues atendiéndoles, que van a estar bien nutridos, que les vamos a acomodar para que puedan dormir cuando están cansados en lugar de obligarles a seguir despiertos. Eso sería una parte fundamental: darles seguridad.

La segunda parte del cerebro es lo que llamamos el cerebro emocional. Y esta es una parte muy importante y esencial durante esos primeros años de vida porque nos va a permitir comunicar los instintos de supervivencia más básicos del niño con todo su mundo intelectual. El niño que se desarrolla bien es el que, cuando llega a convertirse en adulto, es capaz de que sus pensamientos, sus emociones y sus acciones vayan en la misma dirección. Y por eso es muy importante educar el mundo emocional de los niños durante estos primeros años. El cerebro es un poco como un árbol: crece sobre la parte primitiva, sobre la parte de supervivencia, luego añade pues esas estructuras que tienen que ver con las emociones y luego el mundo intelectual. Pero si el mundo de la seguridad, si el mundo del bienestar emocional del niño, no está bien estructurado desde pequeño, pues no se va a desarrollar plenamente. El niño tendrá tiempo para aprender japonés, chino, para aprender matemáticas cuando vaya siendo más mayor, pero es importante que el niño crezca en una familia en la que se sienta seguro, en la que sienta que sus errores no le van a salir caros. Estas serían unas claves muy sencillas pero muy importantes que todos los padres deberían tener en cuenta.

Hay muchas alternativas a los castigos que son mucho más pedagógicas y con las que los niños aprenden mucho más. La primera de ellas sería poner límites. Poner límites quiere decir que explicamos al niño lo que no queremos que haga antes de que ocurra. De esa manera estamos previniendo que el niño desarrolle ciertas conexiones o ciertos patrones neurocerebrales que lo que van a provocar es que repita ese comportamiento negativo. Cuando lo frenamos antes de que ocurra estamos previniendo. Por eso es importante que los padres tengamos límites. Esos límites se pueden traducir en normas, y la diferencia entre una norma y un castigo es que el castigo viene a posteriori, mientras que la norma suele venir de antemano. Y a partir de que el niño tiene ya tres o cuatro años lo podemos fijar en familia. Es decir que, cuando los niños tienen un comportamiento que creemos que no es adecuado, podemos hablar con ellos y de alguna manera llegar a un acuerdo para que ellos acepten, sepan o entiendan que no es el comportamiento más adecuado. Por ejemplo, hace unos pocos días mis hijos estaban viendo la tele y empezaron a discutir. Yo estaba cocinando, pues me acerqué al cuarto de la televisión y les dije que no me gustaba que discutieran, que por favor que no volvieran a discutir. A los dos minutos volvieron a discutir, así que apagué la tele, les llamé a todos a la cocina e hicimos una pequeña asamblea y les dije que, bueno, pues que no podían discutir a cuenta de la tele, que me parecía que la tele era algo para disfrutar y que no podían estar gritándose ni enfadándose tanto, que qué solución se les ocurría. Y lo que dijeron ellos fue que, oye, pues que si gritaban pues que podía apagar la tele. Lo dijeron muy rápido y estaban muy contentos, pero de lo que no podían darse cuenta ellos ni yo es que a los cinco minutos se volvieron a pelear. Y en ese momento, pues yo fui al cuarto y dije: “Bueno, os habéis peleado y como la norma es que si os peleáis apago la tele, apagamos la tele”. No han vuelto a discutir por la tele. O sí han discutido, porque les he escuchado, pero ahora discuten muy bajito y es lo que llamaríamos pues que se están poniendo de acuerdo.

"Para que el cerebro de un niño se desarrolle plenamente hay que animarle a tomar sus propias decisiones y aprender de sus errores"

Sabemos que dejar que los niños tomen decisiones ayuda a que desarrollen una zona del lóbulo frontal que ayuda a resolver problemas de una manera más efectiva, porque dejamos que los niños se equivoquen y aprendan de los errores. Pero también sabemos que, cuando sobreprotegemos, estamos coartando esa capacidad que tiene el cerebro de ir desarrollándose plenamente. Y hay estudios que ven que los padres que sobreprotegen más a los niños acaban tomando peores decisiones cuando son mayores. Por lo tanto, yo estoy muy de acuerdo con tus amigos escandinavos, porque en casa también intentamos ponerles pocos límites pero que sean importantes. Cuando un niño tiene seis meses y empieza a gatear es importante ponerle el límite de que no coja la botella de lejía, porque el niño no lo puede entender, cuando son un poquito mayores también es importante ponerles ciertos límites con las nuevas tecnologías, pero sí que dejamos que ellos decidan cuánto quieren comer. En los países escandinavos es totalmente impensable que un padre le diga “Acábate el plato”, porque el niño, el cerebro del niño, sabe perfectamente bien cuánto tiene que comer. Dejamos que elijan su propia ropa en la tienda y dejamos que se pongan su ropa, la ropa que ellos elijan cada mañana, siempre y cuando respeten un código que viene marcado por el clima: no pueden llevar una minifalda sin medias si estamos en pleno mes de enero y no se van a poner un jersey de lana en pleno mes de agosto, pero quitando esos pequeños matices, ellos toman esas decisiones y creemos que les ayuda mucho.

No solamente los padres y los hijos deberían jugar, deberían jugar los padres, los hijos y los profesores. Introducir el juego dentro de la educación, hacer que el trabajo en el aula sea un trabajo lúdico, sea un trabajo de interacción y, sobre todo, sea un trabajo que despierte una emoción positiva en el niño es fundamental para que los niños aprendan. El juego es muy importante para el desarrollo del niño porque es la manera natural que tiene nuestro cerebro de aprender. A través del juego aprendemos interacciones y reglas sociales, a través del juego aprendemos de manera natural la psicomotricidad, que luego es tan importante para desenvolvernos, simplemente para manejar un boli, para poder tener una conversación y transmitir lo que pensamos a través de nuestros movimientos. Sabemos que ese juego es fundamental, pero también nos permite ponernos en situaciones que son distintas a las que vivimos cotidianamente y, por lo tanto, nos permite practicar.

En una cultura como la nuestra que se cena muy tarde, los niños no tienen ganas de dormir. Pero ahí también es importante que entendamos que el sueño es fundamental. Cuando un niño tiene ocho años no parece que le repercuta de una manera tan negativa en su aprendizaje o en su capacidad de concentración en la escuela. Sin embargo, si los niños no aprenden buenos patrones para quedarse dormidos pronto. Sabemos que el cerebro humano debería dormir como mínimo ocho horas todos los días. El sueño se retrasa en una especie de círculo vicioso, porque tanto a los adolescentes como a los niños de seis años que se acostumbran a dormirse viendo un cuento en el móvil, sabemos que el tipo de luz que emiten esos dispositivos retrasa la aparición de melatonina en el cerebro, que es una hormona esencial para dar el paso de estar despierto a estar dormido. Por lo tanto, un consejo fundamental para los padres que quieren que sus hijos se duerman antes es: después de la hora de la cena, nada de dispositivos.

Biografía
Doctor en Psicología de la Salud y neuropsicólogo formado en el Hospital Johns Hopkins (Baltimore) y el Royal Hospital for Neurodisability (Londres). Autor del libro “El cerebro del niño explicado a los padres”, un superventas en numerosos países. Colabora con la Organización Mundial de la Salud (OMS).