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250 años de independencia y una gran lección para los inversores

alvaro manteca

Álvaro Manteca

Responsable de análisis y estrategia de Banca Privada BBVA
Podcast Module
06/07/2026

250 años de independencia y una gran lección para los inversores

Álvaro Manteca, responsable de Estrategia de Banca Privada de BBVA, nos trae el análisis económico de la semana.
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06/07/2026

Esta semana, Estados Unidos ha celebrado el 250 aniversario de su independencia. Más allá del simbolismo histórico, la efeméride nos ofrece una magnífica excusa para hacer un ejercicio que los inversores realizamos con demasiada poca frecuencia: dejar de mirar la última semana, el último dato de inflación o la próxima reunión de la Reserva Federal y ampliar el horizonte temporal.

Retrocedamos cincuenta años. Era el 4 de julio de 1976. Estados Unidos celebraba el bicentenario de su independencia, pero el contexto económico distaba mucho de invitar al optimismo. El país acababa de salir de la guerra de Vietnam, todavía sufría las consecuencias del escándalo Watergate, convivía con una inflación de dos dígitos, una profunda crisis energética y un fenómeno que entonces parecía imposible de combatir: la estanflación, es decir, una economía prácticamente estancada conviviendo con una inflación muy elevada.

Si uno hubiera preguntado entonces cuál era el mejor lugar para invertir, probablemente muy pocos habrían respondido que la bolsa estadounidense. Sin embargo, durante los siguientes cincuenta años la capitalización bursátil del índice S&P 500 pasó de unos 660.000 millones de dólares a cerca de 70 billones. Es difícil encontrar en la historia un proceso de creación de riqueza comparable.

Ninguna de las compañías que hoy conocemos como las Siete Magníficas existía entonces como una inversión accesible para el público. Apple y Microsoft apenas daban sus primeros pasos. Amazon, Google, Meta, Nvidia o Tesla, sencillamente, aún no existían. Medio siglo después son algunas de las empresas más valiosas del planeta y han transformado por completo nuestra forma de trabajar, comunicarnos, consumir y producir.

Naturalmente, no todo se explica por la evolución de los mercados financieros. También cambió el mundo. Durante estos cincuenta años, la población mundial prácticamente se ha duplicado, mientras que la renta per cápita en términos reales se ha multiplicado por dos y medio. La pobreza extrema se ha reducido de forma extraordinaria, miles de millones de personas han accedido por primera vez a la electricidad, la educación o la sanidad y la innovación ha impulsado uno de los mayores incrementos de prosperidad de toda la historia de la humanidad.

¿El camino fue fácil? Nada de eso. Entre 1976 y 2026 hemos vivido el Lunes Negro de 1987, la Guerra del Golfo, la crisis asiática, la quiebra de Long-Term Capital Management, el estallido de las puntocom, la crisis financiera de 2008, la crisis del euro, la pandemia, el mayor episodio inflacionista en cuarenta años, aranceles, guerras y tensiones geopolíticas de todo tipo.

Es decir, siempre hubo una buena razón para no invertir. Y, sin embargo, nunca dejó de ser interesante hacerlo. Los riesgos no se evaporan, solo cambian de nombre, lo que convierte a la incertidumbre en la única constante de los mercados. Por ello, suspender las decisiones financieras a la espera de que el panorama se aclare es una trampa que nos lleva a una perpetua inacción: ese momento de absoluta calma, sencillamente, jamás llegará.

A lo largo de las últimas cinco décadas, la historia económica nos ha enseñado una lección muy valiosa: el progreso no se detiene por las crisis. Una y otra vez, la innovación, el aumento de la productividad y el espíritu emprendedor han terminado imponiéndose al ruido del corto plazo. Esa extraordinaria capacidad del ser humano para adaptarse, resolver problemas y seguir avanzando ha sido el verdadero motor del crecimiento económico y de la creación de riqueza.

Dentro de otros 50 años, alguien volverá a hacer este mismo ejercicio y llegará a una conclusión muy parecida: muchas de las preocupaciones que hoy nos parecen insuperables habrán terminado siendo solo otro capítulo más de una historia mucho más grande. Ojalá ese alguien haya tenido también el acierto de mantenerse invertido mientras la historia continuaba escribiéndose.