Te sorprenderá lo que un audiolibro puede hacer a tu cerebro mientras estudias

Seguro que en cuanto has leído “audiolibro” tu hipotálamo se ha puesto ‘a full’ repasando todos los capítulos en los que has visto a Homer Simpson escuchando un audiolibro: para enriquecer su vocabulario, por error (“¡Mosquis! Un sexteto cervecil”) o para evitar tener que leer el libro de su mujer (“El corazón arponeado”). Sus guionistas rizaron el rizo haciendo aparecer en la marquesina del cine de Springfield el título ‘Audiobook, the movie’. ¿Una forma de ridiculizar la idea?

Ellos siempre han funcionado como vehículo transmisor de la cultura popular americana. Porque en EEUU, donde los audiolibros vieron la luz por primera vez en los años 30 en formato LP, han demostrado ser grandes lectores pasivos. Encaja con su filosofía del ‘double your time’: ser ‘multitask’, pero de una forma ordenada.

Parece que allí la industria del audiolibro sigue en auge. Pero, ¿avalan la Pedagogía, la Psicología o la Neurología su eficacia? ¿Son útiles para la docencia o en cualquier caso nos permiten entender y comprender un texto igual que la palabra escrita? La ciencia es la única que puede decirlo a ciencia cierta.

Breve historia del audiolibro: de programa de ayuda a los veteranos de guerra a producto para los amantes del ‘double your time'

En 1935, la Royal National Institute of Blind People de Reino Unido creó un programa de apoyo dirigido a los veteranos de guerra que habían perdido la vista en el campo de batalla. La idea era proporcionarles recursos para poder disfrutar de la Literatura. “Typhoon”, de Joseph Conrad, narrada por Anthony McDonalds, un locutor de la BBC, se convirtió en el primer audiolibro de la historia. Paralelamente, en EEUU la American Foundation for the Blind comenzó a desarrollar la tecnología necesaria para su popularización con la misma finalidad que los ingleses.

La popularidad de los audiolibros ha ido creciendo al ser usados con otros fines (pedagógico, de autoayuda o simplemente recreativo) y se han implantado en otras culturas, con más o menos éxito, en función de su idiosincrasia y de la implicación del mundo editorial.

En los años 80 alcanzaron la categoría de hit en los EEUU. Su obsesión por la productividad les llevó a adaptar el concepto a sus propósitos: convertirse en empresario o mejorar su negocio (los hay hasta que te prometen enseñarte en menos de un día), auto-ayudarse (aunque a ellos les gusta más llamarlo autodesarrollo o ‘hazte a ti mismo’) o aprender idiomas (hasta Swahili) mientras corren, conducen o van al gym.

A día de hoy no sólo siguen siendo populares en Norteamérica, es que se han convertido en una megaindustria. Normal que hayan despertado la curiosidad de toda una comunidad científica: neurólogos, psicólogos, sociolingüistas o pedagogos han sometido la idea a investigaciones y estudios que intentan descubrir si hay una base científica que avale su eficacia o si, después de todo, la experiencia puede ser igual de enriquecedora que leer tú mismo.

¿Qué opina la ciencia?

Aunque aprender a leer empieza por aprender a escuchar y ambas habilidades se desarrollan en el hemisferio lógico (el izquierdo), hay que partir de la idea de que la vía por la que recibimos la información (o qué parte del cerebro trabaja en ello) puede influir en cómo la procesamos finalmente.

Es la idea de “el medio es el mensaje”, siendo el medio el cerebro y el mensaje, una palabra escrita o un sonido que el cerebro traduce en palabra. Partimos, de entrada, de actividades y procesos distintos.

¿Qué ocurre cuando escuchamos en lugar de leer? Tanto escuchar como leer implica a las mismas redes neuronales, según han descubierto investigaciones como esta. Pero al escuchar, la vista deja de centrarse en la palabra escrita para recoger otra información: la del entorno. Comprometemos un sentido menos en la actividad. Y para el cerebro esto puede traducirse en una información que le perjudica.

Dado que además los audiolibros, en muchos casos, se escuchan al realizar otras actividades, se obliga al cerebro a simultanear entre ambas. Cosa que no acaba bien para una de las dos. Aunque también depende de la dificultad del texto.

Editores, docentes y bibliotecarios: otro discurso

Las editoriales dan la réplica a estos estudios argumentando que la eficacia de los audiolibros depende de que “eduquemos el oído”. Es algo que ha “probado” otra investigación en la que los participantes practicaban sesiones regulares de escucha. En este caso, mostraban una clara ventaja en aspectos como la capacidad de retención, la riqueza de vocabulario o la comprensión frente a los que sólo leían. Claro que el estudio lo publica Tales2.go, una empresa que desarrolla material didáctico en formato digital para mejorar estas capacidades en los escolares. Cabe cuestionarse cuanto menos la independencia de dichas conclusiones.

Algunos artículos como este (publicado por la American Association of School Librarians) defienden su eficacia en un contexto concreto: incentivar a lectores con dificultades para avanzar en el desarrollo de esta habilidad principalmente debido a la desmotivación que provoca una inadecuada comprensión lectora.

Tras finalizar el estudio al que hacen referencia, el 93% de los estudiantes que participaron activamente en el Club de Audiolibros de su escuela admitían sentir el gusanillo por la lectura que no sentían antes y se consideraban a sí mismos mejores lectores que antes de comenzar el programa.

Ese es el quid para que sea eficaz. Si el texto no llega a los niños cuando están en el camino de convertirse en lectores, les costará más desarrollar un hábito y convertirse en ávidos consumidores de libros cuando sean adultos. La comprensión lectora es el primer paso.

Especialmente en los casos más complicados, que pueden afectar al desarrollo de esta capacidad, y para los que los audiolibros demuestran ser útiles: son un recurso habitual en las terapias con niños con dislexia o con TDA (Trastorno por Déficit de Atención).

También sirven, dicen, para escuchar novelas

En todo caso, hasta ahora hemos hablado de aplicaciones con fines concretos: estudiar, superar una ruptura, mejorar como lectores o como hombres y mujeres de negocios. Pero la Literatura (así, con mayúsculas) es otra de las gallinas de los huevos de oro del audiolibro, especialmente en EEUU (de nuevo). Una idea aún no ha calado tanto entre los lectores (convencidos o no) en España.